El pasado 23 de Abril, al igual que el año pasado, un montón de compañeros de 080 nos desplazamos a Añón del Moncayo para participar en el Trail Barranco de Horcajuelo. Concretamente, participaron en la media maratón Fuensanta, Carlos, Natxo y Laura, mientras Floren, Sergio, Juan, Josi, Ángel y yo mismo (Jesús) participamos en la maratón. Allí nos esperaban dos compañeros, Susana y Roberto, muy vinculados a la prueba siendo Añón el pueblo de Roberto.
Todo esto implica que, sin comerlo ni beberlo, fuera 080 uno de los grupos con mayor participación en la prueba. La única pena es que por diferencias de horarios de salida, no pudimos juntarnos hasta la comida. Pero mereció la espera.
El sábado 22 Juan y Josi se adelantaron para recoger los dorsales, y los compañeros de la carrera larga nos juntamos a dormir en Ainzón. Personalmente me metí en la cama con bastante preocupación por el horario de corte, ya que había que rebasar el avituallamiento del km. 15,5 dentro del tiempo límite de dos horas y media. Ese punto correspondía a completar la subida y bajada de la media maratón que Josi, Miriam y yo testeamos en Enero (subir desde Añón al Collado de la Estaca y bajar). Los compañeros empezaron, para animarme, a hacer comparaciones entre el tiempo que necesité para llegar al Pico del Águila para hacer cuentas. El problema es que a mí esas cuentas me dejaban con poco o ningún margen, sobre todo porque el ascenso suponía dos Picos del Águila. Así que me eché a dormir con muy poca confianza.
El domingo 23 tocaba madrugar, los de la maratón porque salíamos a las 7.30, y los de la media porque salían desde Zaragoza. Carlos con el coche repleto de corredoras, y Natxo con buenas supporters, Arantza y Esme, incorporadas al grupo de 080 Iniciación (y alguna que otra rabiando por no correr).
Los de la maratón desayunamos las súper magdalenas de gasolinera compradas por Sergio (menos Floren, que tiene su propio ritual de desayuno), y tras comprobación de material, ponernos el chip y respirar hondo salimos para Añón, aún de noche, una pequeña caravana 080, seis corredores y cuatro coches. Lo que tiene tener obligaciones y compromisos que atender.
Llegados a Añón, nos derivaron al parking, y chino chano (teniendo en cuenta el speaker) llegamos a la línea de salida. Muy buen ambiente, muchas caras conocidas, y – en mi caso – bien bien de inseguridad. En los 30k de Daroca tuve problemas, y hacía ya muchos meses que no me enfrentaba a los 42 k. De hecho, ésta iba a ser, solamente, mi tercera maratón de montaña. Eso sí, en menos de un año.

En la salida se formaron espontáneamente los dos grupos, por delante Sergio, Floren y Juan, en la retaguardia Josi, Ángel y yo mismo. El pistoletazo dio paso a un correcalles, de momento en bajada, para pasar después a una subida tendida pero constante. Personalmente perdí de vista a todos, salvo a Ángel con el que íbamos dándonos relevos.
Pronto comenzó la subida importante, y allí cada uno siguió a su ritmo. Enseguida se formaron grupos reuniendo a corredores por ritmos, de manera natural. El marcaje estupendo, hasta para mí que acostumbro a perderme en el pasillo de mi casa. En un momento dado paré a quitarme la térmica y supuso que me junté con una corredora de nivel, Adela de la Cruz. Adela estaba sufriendo y vi que estaba buscando un palo para apoyarse, por lo le dejé uno de mis bastones. De este modo formamos sociedad en la subida, con un poco de conversación cuando fue posible. El paisaje, impresionante, el día perfecto y de momento aguantando la marcha. Poco a poco, coronamos y empezamos una bajada por pista hacia el temido punto de corte. Con las pernas castigadas por la subida, y ya a esas horas bastante calor, encaré la pista, no demasiado deprisa pero para mí a ritmo aceptable, en torno a 5 minutos el km. Finalmente, rebasé el control con algo más de quince minutos de margen y bastantes corredores por detrás.
Un microscópico llaneo, y ya para arriba, afrontando la segunda subida del día. (Refugio Majada Baja – Collado Bellido) en tono a 1800 metros de altura. Susana nos advirtió de la dureza de la segunda subida, lo que generaba cierta preocupación (sobre todo porque este trazado no formaba parte del reconocimiento que hicimos en Enero). Resultó no ser técnica, pero muy muy prolongada, en torno a nueve kilómetros siempre con pendiente positiva y ya bastantes kilómetros en las piernas. Los avituallamientos se iban sucediendo, con un trabajo excepcional de los voluntarios. Adela se me escapaba en los tramos menos empinados, y la iba recuperando cuando comenzaba a picar. En ese momento, lo que comenzó a ser una pequeña molestia, notando cargados los cuádriceps, pasó a ser simplemente agarrotamiento, que ya se quedó conmigo hasta el final (o más bien, hasta el martes). Eso supuso que cuando comenzaba la segunda y larguísima bajada (con algún repecho, casi 15 km. hasta meta), dejara marchar a Adela y siguiera en solitario. Tendré que revisar mi preparación, porque iba hidratado y provisto de geles y sales. Al menos tengo verificada mi capacidad de sufrimiento (igual soy simplemente cabezón).
China chano, los kilómetros se iban sucediendo, muy despacio, e iba viendo llegar mensajes al móvil de los compañeros de 080, los que iban llegando de la media y los que quedaron en Zaragoza. ¡Me dio tiempo hasta de contestar! Tirando de bastones para quitar peso a las piernas, en torno a 7 km. del final vi por delante un grupo de cinco corredores. De repente, de ese grupo oí una voz conocida que me decía ¡aúpa Jesús! Menuda sorpresa, Josi, al que hacía en meta, parecía estar esperándome. Resulta que se encontró mal, precisamente en el punto de control (15,5 km.) teniendo que hacer uso de las asistencias e incluso estando a punto de abandonar. En ese momento, que corría junto a Sergio, casi lo hace, pero finalmente fue convencido de continuar. Y ahí estaba, de palique.
Así que lo que pintaba un final sufrido se convirtió en una fiesta. La grupeta, en la que estaba Aarón y otros compañeros de Añón, resultó estar formada por lesionados sobrevenidos con mucha determinación por acabar. Es decir, el grupo perfecto para mi situación. En esa tesitura, nos alcanzó por detrás Susana, a la que la cercanía de la meta pareció insuflar fuerzas. No pudimos más que verla marchar, para acabar haciendo podio femenino en su primera maratón.
Muchas risas, algún que otro intento de correr más o menos digno, y las ganas de acabar nos llevaron hasta el Moradel, que serán para siempre los 300 metros más largos de mi vida. Coronados éstos – en mi caso, penosamente, para que nos vamos a engañar – hicimos de tripas corazón para entrar corriendo en el pueblo. Allí nos encontramos con Esme, Arantza, Sergio, Juan y Floren … ya con bastante preocupación por la tardanza. Siete horas y algo más tarde, cruzamos la meta. Ya tenemos otra maratón, Flaco.
En meta, ya duchados y relimpios estaban todos nuestros compañeros. Floren hizo un estupendo puesto, aunque tuvo un bajón a diez km. de meta. Juan tuvo problemas casi nada más salir, y Sergio molestias casi toda la carrera. El que clavó el guion, como siempre, Don Ángel Salvo, que hace maratones como entreno para su gran cita, la UTMB.
De los compañeros de la media, Carlos, Laura, Fuen y Natxo, poco que decir, aparte de la dureza de la carrera y que corrieron juntos como equipo, dándose apoyo y compañía. Chapeau, buen trabajo.
La ducha, para cumplir los cánones del Moncayo, “vivificante”. Nos esperaba el rancho en la plaza del pueblo, este año a pleno sol (el año pasado nos helamos en la sombra, no acertamos). Fuensanta fue agraciada en el sorteo con dos kilos de judías que esperamos nos prepare Jaime.
Sentimientos encontrados por el sufrimiento, que a lo mejor tendré que empezar a asumir como propio de carreras de esta longitud y dureza. Todo compensado por la compañía de amigos y la alegría compartida en grupo.

¡Aúpa 080!

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